domingo, 28 de noviembre de 2010

Recuerdos perdidos

Es una noche gris plagada de miedo. Hace rato que se fue, desde hace un buen tiempo que me quiero ir con ella. ¿Cómo juntar coraje para cruzar esa barrera que nos separa? Esa barrera a la que muchos se empecinan en llamar: Muerte. Sin embargo te encuentro en mis sueños, veo tu cara en la cara de todas las mujeres, siento tu cuerpo cada vez que me quedo dormido y me dejo ahogar en el mar de tus cabellos... un mar onírico, pero mar al fin. No quiero despertar solo nunca más, quiero sentir tus brazos abrazándome nuevamente ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste? ¿Por qué?.
En cada canción, en cada poema, en los gritos del viento, en el susurro del río oigo tu voz. Estas tan lejos, estas tan cerca. ¿Por qué el tormento de no verte, sentirte u oírte nuevamente? ¿Por qué yo? ¿Es esta la vida que escogí vivir?

Me hundo en una vieja botella de licor barato, en el humo de un cigarrillo, en el sordo ruido de la calle, en el oscuro rincón de un bar. Me hundo, nuevamente, en mis pensamientos tan solo para volver a encontrarte, ahí, donde estuviste siempre. El licor empieza a abrumarme, el humo empieza a ahogarme, ya no soporto este maldito ruido citadino, ni la oscuridad. Sin cruzar palabras con el mozo, le pago a desgano. Al salir pase por delante de una mesa en la que se encontraba un señor de edad avanzada, no le di más de 70 años. Al pasar a su lado percibí el aroma al mismo licor viejo y barato del cual fui víctima minutos antes. Solo que este señor se habrá dejado víctimizar durante mucho más tiempo que yo. Antes de salir me dijo, “che pendejo... - lo mire - ... no sabes la noche que te espera...”. Habladurías de borracho, pense y salí sin siquiera contestarle.

Buenos Aires, ciudad intranquila, impaciente. Ciudad gris. Vendedores de artesanías, con sus mantitas negras estratégicamente colocadas en la calle para interrumpirle el paso a cualquiera. Chicos, de esos que dejaron su libertad y sus sueños en manos de vaya uno a saber que tipo de padres, que venden flores para “su novia, señora, amante, concubina o lo que sea”. Espectáculos callejeros, escapados de un circo de mala muerte, con payasos, tragasables, entrenadores de reptiles (ya domesticados imagino), mimos, estatuas vivientes (hacia los cuales profeso un odio mas que explícito).

Antes de prender el ultimo cigarrillo paso por un kiosco. Despues de cinco intentos, no logro entrar en razones con esta persona, no compro nada y sigo mi camino. Definitivamente el borracho aquel tenia razón: No sabia la noche que me esperaba. Resignado seguí caminando la noche. Hasta que di con un kiosco que supo satisfacer mis vicios. Me prometí volver a ese lugar, pero nunca lo hice.

Me siento en un banquito y me pongo a observar una parejita. Ella sentada en un cantero, él de pie a su lado, ella esquivándole la mirada, él deseando encontrar su ojos. Sin previo aviso ella lo abraza, sin previo aviso él la besa. Ella comienza a llorar, él no sabia que hacer. Después de un rato cesa el llanto y él la vuelve abrazar. Después de mucho tiempo de estar en silencio, ambos empezaron a cantar una canción. La reconocí fácilmente ya que era nuestra canción. Nuevamente su recuerdo me envolvió, nuevamente la tristeza se acerco a mi y como una eterna compañera de viajes se sentó a mi lado. Habré estado perdido en mis pensamientos y en mis recuerdos un buen rato ya que cuando volví a la realidad la parejita se había marchado.
Casi me sentí triste por no verlos ahí cuando desperté. Así que prendí un cigarrillo y retome mi camino hacia ningún lado. “El que no sabe cual es su destino final siempre encuentra el camino” decía mi viejo.

Las plazas de Buenos Aires de noche, son como una especie de bosques tenebrosos cercados por calles que se erigen en el medio de un tumulto de edificios malformados. En un banco de la Plaza San Martin me los volví a encontrar. Como un testigo ciego e invisible era parte de esa escena, que se vio interrumpida por la aparición de un carrito de golf con aires de patrullero del Primer Mundo, de donde salió una persona, con aires de policía del Tercer Mundo. Luego de una breve charla con este personaje inesperado, mi parejita abandono el lugar. Nuevamente me quede solo y dispuesto a seguir mi camino. Entre la oscuridad de la noche y la del río, el ruido de unos aviones lejanos se creaba un conjunto casi Dantesco, por así decirlo. Por un lado la tranquilidad de la noche y el río. Por el otro la impaciencia de la noche y el aeroparque. Es la misma noche para ambos lados.

Harto ya de tanto ruido me dispongo a encontrar un poco de tranquilidad en lo profundo de la noche y el río. Me quedo observando el río, me quedo observando la oscuridad, tratando de definir donde termina la noche y empieza el río, y viceversa. Tanto mirar, tanto mirar y no logre nada. Lo único que logre es ponerme a llorar. Recordaba el perfume que utilizaba por las noches, el mismo que le había regalado en nuestro primer aniversario, recordaba el perfume natural de su cuerpo cuando despertaba por las mañanas, recordaba como el perfume de sus cabellos me hacia hundir en el más profundo de los sueños. Recordé todo de ella, pero no lograba recordar su mirada.
Me sumí en la desesperación mas profunda al darme cuenta que ya no tendría su mirada. El cielo empezaba a despejarse y la noche, gracias a la luna, dejaba de ser gris. Las estrellas. La luna. El río. Todos fueron uno. Fue en esa conjunción que su mirada me ilumino, no se desde donde... solo supe que ella me observaba. Amaba escuchar el río, solía decir que entre ellos no había secretos. Es por eso que desde que se fue vengo muy seguido, quizá en uno de esos murmullos ribereños me divulgue el “PORQUE” de su partida. Esta no fue una noche de confesiones. Ya no se que hacer con este sentimiento de soledad... Muchas veces pense que la mejor salida era reunirme con ella, donde quiera que este, pero estar con ella. Toda la noche pensando, recordando e intentando escuchar que el río me develara algún secreto. Quizas deba confiarle alguno de los mios primero.

Al llegar a mi departamento no prendo ninguna luz y voy a directo a mi habitación. Me desplomo sobre mi cama. El cansancio me termino ganando. Lo ultimo que recuerdo es haberme dormido con música de jazz, Miles Davis.

Me desperté con el sol que se colaba por un rincón de mi ventana. Lo primero que hago es prenderme un cigarrillo. Voy hasta el baño, me quedo una hora debajo del agua, quieto, con la mente en blanco. Al salir busco en la cocina algún resto de café instantáneo y no lo encuentro por ninguna parte. Salgo de mi casa sin apuro. ¿Por qué tendría que estarlo? Es sábado, son las cuatro y media de la tarde y no me espera nadie en ningún lugar.

Por la Av. Corrientes me instalo en cada una de las librerías con pinta de tugurio tanguero. Son los mejores lugares para encontrar libros que quedan perdidos en el tiempo. Entro, revuelvo los estantes y salgo. Lo hago una y otra vez. Muy rara vez compro algún libro. Antes lo hacia más seguido, lo hacia con ella. Lo hacia para ella. Llego al bar de siempre, ese bar de esquina, ese bar de ciudad. Entro y me siento en la mesa de siempre, pido el mismo licor viejo y barato de siempre.

En la misma mesa estaba el viejo. Esta vez parecia estar un poco más sobrio que ayer. Nuevamente me hundí en mi licor viejo y barato, en las paginas de deportes de un enorme e inmanejable diario y en el humo de mis cigarrillos.

No se bien por que pero me dieron ganas de irme de ese lugar, así que llame al mozo, le pedí la cuenta y al pagarle se quedo esperando propina, simplemente no quise dársela. Al irme pase al lado del viejo quien me dice, “Che, vo’, pendejo... no sabes la noche que te espera” – nuevamente percibí el aroma a licor barato en sus palabras. “No le entiendo” – le dije – “ayer me dijo lo mismo y no me paso nada extraño”. “¿Estas seguro pendejo? El día puede ser muy cruel... pero la noche es la mejor de todas las novias, en especial para gente como vos que sabe lo que esta buscando pero no lo quiere encontrar por miedo a perder algo mas valioso.”. “¿De que me esta hablando? ¿Y usted que puede saber que es lo que estoy o no estoy buscando?” – le pregunte un poco intranquilo. “Porque yo no sabia lo que buscaba, hasta que lo encontré y cuando lo hice me arrepentí de haberlo hecho porque no sabia lo que habia perdido.”. Volví a pensar que solo se trataban de habladurías de borracho, más que nada por lo rebuscado de sus palabras, y me fui.

Esa tarde el sol castigaba muy fuerte, sus rayos eran como flechas que iban a clavarse en el corazón del herido, las llagas de la ciudad se agrandaban. Por suerte el sol se estaba ocultando detrás de los edificios para luego morir en el horizonte, horizonte que nunca veremos.
Nuevamente Lavalle. En sábado toma una vida particular. Ruidos electrónicos, gritos de chicos, gritos de padres, silencios de pobres, cines repletos, tramos de calles desiertas, predicadores callejeros de un Dios desvanecido por la falta de fe, reverenciando a un nuevo dios: el dinero.

Me aleje de las avenidas y las calles transitadas, no se por que tengo esa manía de andar por calles semi desiertas. El microcentro en sábado da un aspecto casi lúgubre. No hay nadie. Los bancos están cerrados, los kioscos, los bares, los hombres de traje y corbata, las motos, los taxis, todo. Todo esta muerto. Caminando sin pensar en nada llego a mi un quejido, un sórdido llanto. A medida que caminaba el llanto se volvía más... ¿rítmico?. La fuente de ese llanto era una mujer, estaba sentada en lo más oscuro de un umbral, donde no llegaba ni el más mínimo resquicio de luz, pero tenia un brillo aquella mujer del cual no soy apto para describir con palabras. Tenia puesto un vestido blanco, casi transparente, que dejaba intuir una figura perfecta. Puedo soportar cualquier cosa, o casi cualquier cosa, pero no puedo soportar ver a una mujer llorar. Me causa una impotencia insoportable. Cuando me intente acercar ella se alejo aun más, su rostro no era de miedo, era de pánico. ¿Hacia mi?. “No tengas miedo” – le dije, pero no hubo respuesta. Me quede sentado a una distancia prudencial. Saque el atado de cigarrillos y extendí mi mano ofreciéndole. Se arrinconaba aun más. Prendí mi cigarrillo. No termine de darle la primer pitada cuando sentí que una ráfaga de viento me lo arrancaba de mis labios, cuando voltee a mirarla... lo estaba fumando ella. Me prendí otro. Nos quedamos en silencio, tan solo fumando, era tal el silencio que ni su respiración sentía. Me gusta el silencio. Disfrute de ese silencio.

La noche gano terreno al día. La oscuridad le ganaba la batalla a la luz. Y ella le gano la lucha al silencio. “Gracias por el cigarrillo” – me dijo. Sorprendido la mire, ese brillo indescriptible era aun más fuerte. Sus ojos se iluminaron y hasta sus cabellos parecían brillar. “De nada” – conteste – “¿Quiere otro?”. Es una buena costumbre que tome de mi padre, nunca tratar de vos a una mujer, por lo menos no hacerlo hasta lograr un confianza o hasta que lo pida. Ante todo el respeto. “Si, por favor. Pero no me trate de usted, mi nombre es Kathrina, Kathrina Tepes.” Cuando dijo su nombre note un acento extraño. Y su apellido me resulto familiar. Tepes, se pronunciaba "Tefs". “Acá tiene... digo toma acá tenes Kathrina” – le dije un tanto nervioso ofreciéndole un cigarrillo – “¿Puedo preguntarte algo?” – indague – “Si, por supuesto” – dijo ella. “Argentina no sos.. ¿de donde sos?”, “Soy de Rumania, llegue hace poco al país. Vine a visitara unos...” – dudo un instante y completo – “familiares”. “¿Por qué llorabas?” – le pregunte. Su respuesta me hizo sentir más estúpido de lo que pensaba que era. “Porque estoy perdida en un país que no conozco.” - dijo. “Si claro... disculpa” – no sabia que decirle, su respuesta fue más que humillante para mi ego. – “Para no conocer el país hablas bastante bien el castellano”. No dijo nada, solo se levanto, me tomo de la mano y empezamos a caminar por las oscuras y desiertas calles del microcentro. No creo que supiera adonde iba, pero fui con ella. Me equivoque. Caminando llegamos hasta un edificio en Paraguay al 600. Un hombre con aires de agente de seguridad al verla llegar le hizo una especie de reverencia, “Buenas noches Señorita Tepes.” - dijo el hombre. Era señorita, pense, el corazón me empezó a latir muy fuerte. Era señorita. Pero... ¿por qué esa reverencia? y ¿por qué ese silencio tan prolongado?. Subimos hasta un departamento en el piso 6. Mi corazón no dejaba de latir fuerte. Kathrina seguía sin decir una palabra. Al llegar al departamento se dirigió a una habitación.
Me quede solo en el medio de una sala desnuda de muebles.
Al cabo de unos minutos decidí entrar. Su cuerpo desnudo yacía en una improvisada cama, pero seguía sin decir palabras. Me acerque casi con precaución. Obviamente era una invitación, pero no sabia que hacer. Seguí avanzando y me recosté a su lado. Sin que me diera cuenta empezó a desvetirme. Sus labios empezaron a recorrer todo mi cuerpo. No existían las palabras. Solo había silencio. Mis brazos cubrieron aquel cuerpo desnudo. Nuestra piel empezó una partida de póker de los sentidos, la apuesta mayor fue el placer. No había reinas, reyes, ni ases, las cartas... las cartas eran nuestros cuerpos. Tan desnudos, tan vulnerables, tan... silenciosos. Cada lagrima, cada gota de sudor y de sangre moría entre las sabanas que también fueron protagonistas de este juego... de este juego de seducción. De repente sentí como su sangre limpia, tibia y joven empezaba a invadir mis venas, llenando de vida este cuerpo vacío.

Al finalizar aquel juego ella paso su brazo por mi cuello e hizo apoyar mi cabeza en su pecho. Sus cabellos me envolvían. Su perfume me adormecía. Sentí una extraña sensación de protección. Sin palabras y en silencio caí en el mas profundo de los sueños.
Al despertar la busque... pero no logre encontrarla. De hecho ni siquiera estaba yo en aquella habitación. Estaba tendido en mi cama, desnudo y a oscuras. Por un momento pense que había sido tan solo un sueño, pero al borde de mi cama se encontraba el vestido blanco de Kathrina. Desesperado salte de mi cama y me vestí lo mas rápido que pude, salí de mi departamento y baje las escaleras de a cuatro escalones, salí a la calle, pare un taxi y me fui.
“Paraguay y Maipu.. ¡¡¡ RAPIDO !!!” – le ordene al chofer. El hombre salió lo mas rápido que pudo. “No frene en ningún semáforo, yo le pago las infracciones. Es una emergencia”. El chofer ya un poco asustado hizo caso a mis ordenes.

Al llegar a destino le tire un billete de $50 y salí corriendo hasta el edificio. Al llegar al lugar me sorprendí como nunca en mi vida. El lugar estaba desierto, deshabitado. Vanos fueron mis intentos de golpear la puerta... hasta el punto de querer derribarla. Un hombre que pasaba por ahí me dijo “EH! ¿Esta loco usted? ¿no se da cuenta que esta abandonado este lugar?”. “¡¡¡ IMPOSIBLE !!!” – le grite – “Ayer estuve acá... estaba habitado... estaba ella”. “Señor, este edificio esta abandonado hace trece años” – me dijo un tanto asustado. “¿¿¿¡¡¡ QUE !!!??? No puede ser, no puede ser.”

Me quede solo, sentado en el suelo. ¿Cómo podía estar abandonado ese lugar? Ayer a la noche yo estuve acá... estuve con ella... Me quede sentado y con las manos me cubría la cara para no dejar ver que lloraba. Cuando termine de llorar. Me fui del lugar. Al entrar al bar me senté, nuevamente, en mi mesa. No hizo falta que pidiera nada, el mozo había traído ya mi licor viejo y barato. Uno tras otro... una y otra vez. Me hundía cada vez mas en los vapores del licor y de la duda. En el punto mas alto de mi borrachera se acerco el viejo, “No le dije... ya sabia... usted iba a encontrar eso que andaba buscando y no quería encontrar”, “¿Qué? ¿De que esta hablando? ¿quién es usted?” - le dije muy borracho – “Pendejo... sabes muy bien quien soy yo” – dijo, y siguio – “Al encontrarlo perdiste algo mucho mas importante para vos”. “¿Qué encontré? ¿qué perdí? ¡¡¡ No me joda !!!” - le grite. “Encontraste a Kathrina... perdiste tus recuerdos”. Dicho esto ultimo se levanto de la mesa y se fue del bar. Me levante como pude y lo corrí, lo vi doblar la esquina pero cuando llegue no había nadie...

Ahora estoy en el bar, de nuevo en la misma mesa, con un café bien cargado. Intentando descubrir lo que me quiso decir aquel hombre. ¿De que recuerdos me hablaba? ¿Cómo y de donde conocia a Kathrina? ¿Dónde estaba Kathrina? Esta noche se cumple un años de aquel único encuentro. Durante todo este tiempo la estuve buscando sin lograr encontrarla en ningún lado.

Sin embargo la encuentro en mis sueños, veo su cara en la cara de todas las mujeres, siento su cuerpo cada vez que me quedo dormido y me dejo ahogar en el mar de sus cabellos... un mar onírico, pero mar al fin. No quiero despertar solo nunca más, quiero sentir sus brazos abrazándome nuevamente ¿Por qué te fuiste? ¿por qué me dejaste? ... ... ... ¿Por qué no?.





5 comentarios:

VickyPomettii dijo...

Bolu... me mataste.. yo que esperaba encontrarme con algo chistoso y pumm! me diste un golpe bajo..
me encantó!!!
guau.. no sé que decir.

lujanbea dijo...

En el poco tiempo que hace que te sigo... NO dejas de sorprenderme ...

Caro dijo...

idem con los coments de arriba...... tremenda historia!

FechoX dijo...

Gracias por los comentarios.
Y si, es verdad, no siempre estoy jodon, a veces me gusta despuntar un poco el vicio de escribir algo que no cause solo risa.
Muchas gracias a las tres.

Fecho(X)

Gabriela dijo...

Guau. me saco el sombrero, escribis muy bien. me sorprendiste!

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